Yo voy, lobo estepario, trotando…

Comentario preliminar

El hombre común puede llegar a sentirse incomprendido, relegado por su entorno y subestimado injustamente por sus semejantes, en algunos (o muchos) momentos de su existencia. Pero el instinto gregario, la necesidad de pertenencia en el grupo como técnica de supervivencia, lo llevará a adaptarse invariablemente a las circunstancias que el mundo le imponga. Incapaz de rebelarse o mínimamente cuestionar cualquiera de los paradigmas que le han sido programados desde su temprana infancia, el individuo promedio hallará refugio en la muchedumbre, en el “mal de muchos”. Agazapado junto a millones de esclavos de su destino, morirá colectiva y lentamente asfixiado por su mediocridad, mientras intenta acallar la voz de su conciencia con las banalidades que el propio orden de las cosas le provea.

El caso diametralmente opuesto existe. Los espíritus extraordinarios, los humanos evolucionados que anhelan todas las cosas ordinarias que le son dadas de forma nata al hombre común, pero que a ellos les son inalcanzables por su naturaleza portentosa. De uno de estos hombres se cuenta la historia en “Lobo Estepario”, donde Hermann Hesse proyecta las inquietudes de su propia condición elevada en Harry Haller, el protagonista, presa de la angustia que sobreviene al conflicto entre el hombre que quiere respetar el orden establecido y su espíritu, mal avenido con la época, que prevalecerá para provocar un cisma y dejar una huella profunda que no se borrará jamás, como eventualmente sucedió con Hesse.

Esa lucha sanguinaria es presentada como la dualidad hombre-animal inherente en todo ser humano, donde las características de cada animal no representan meramente instintos o habilidades físicas, sino algo inmensurablemente más grande, concepto que dicho sea de paso, es planteado con frecuencia en diversas filosofías orientales (con el ejemplo más obvio en el Zodiaco chino) que no le eran ajenas a Hesse. El hombre quiere fraternizar con sus semejantes, pero el lobo, su sino ansioso de libertad, desprecia todo lo humanamente conocido, busca romper las estructuras preconcebidas que el sistema le ha impuesto para esclavizarlo, e inexorablemente persigue y conquista su libertad de SER, aunque el precio a pagar sea el sufrimiento de su contraparte humana.

“El lobo estepario tenía, por consiguiente, dos naturalezas: una humana y otra lobuna; ése era su sino. Y puede ser también que este sino no sea tan singular y raro. Se han visto ya muchos hombres que dentro de sí tenían no poco de perro, de zorro, de pez o de serpiente, sin que por eso hubiesen tenido mayores dificultades en la vida. En esta clase de personas vivían el hombre y el zorro, o el hombre y el pez, el uno junto al otro, y ninguno de los dos hacia daño a su compañero [...]. En Harry, por el contrario, era otra cosa; en él no corrían el hombre y el lobo paralelamente y mucho menos se prestaban mutua ayuda, sino que estaban en constante y mortal odio… ”

– Hermann Hesse. Lobo Estepario. Anaya Editores, S.A. México, 1969, p. 50

Impulsado por la necesidad de comprender su atribulada existencia, el protagonista emprende una travesía al interior de sí mismo, con la advertencia de que será un viaje “sólo para locos”.

Sus comentarios y réplicas a esta opinión serán bienvenidos.

– Memoria Poética

Yo voy, lobo estepario, trotando
por el mundo de nieve cubierto;
del abedul sale un cuervo volando,
y no cruzan ni liebres ni corzas el campo desierto.

Me enamora una corza ligera,
en el mundo no hay nada tan lindo y hermoso;
con mis dientes y zarpas de fiera
destrozara su cuerpo sabroso.

Y volviera mi afán a mi amada,
en sus muslos mordiendo la carne blanquísima
y saciando mi sed un su sangre por mí derramada,
para aullar luego solo en la noche tristísima.

Una liebre bastara también a mi anhelo;
dulce sabe su carne en la noche callada y oscura.
¡Ay! ¿Por qué me abandona en letal desconsuelo
de la vida la parte más noble y más pura?

Vetas grises adquiere mi rabo peludo;
voy perdiendo la vista, me atacan las fiebres;
hace tiempo que estoy sin hogar y viudo
y que troto y que sueño con corzas y liebres

que mi triste destino me ahuyenta y espanta.
Oigo al aire soplar en la noche de invierno,
hundo en nieve mi ardiente garganta,
y así voy llevando mi mísera alma al infierno.

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