Tres poemas sin coleccionar

Ocaso, autor desconocido

I. La verdadera sabiduría

Todo lo sabes.
En vano busco qué tierras labrar o cuáles sembrar.
La tierra está negra de zarzas y cizaña.
Y no quiere ser regada ni por lágrimas ni por lluvias

Todo lo sabes.
Yo me siento y espero, con ojos ciegos y manos ociosas,
hasta que se alce el último velo
y se abra por primera vez la puerta.

Todo lo sabes.
Yo no puedo ver.
Confío que no viviré en vano.
Y sé que nos encontraremos de nuevo en alguna divina eternidad.

 

II. Pétalos de loto

No hay paz bajo el sol de mediodía.
¡Ah! ¿Hay paz en estas praderas donde,
ceñida por una piel argentada,
como una bella pastora, se extravía la luna?

Reina de los jardines del cielo,
donde las estrellas, semejantes a lirios, blancas y bellas,
brillan a través de las nieblas del aire helado.
¡Oh! Quédate aún, porque el alba se acerca.

Quédate aún, pues el día, envidioso,
tiene unas manos ávidas para apresar tus pies.
Pero tienes, ¡ay!, el paso demasiado rápido. ¡Ay!
Sé muy bien que no te detendrás.

………………………………………….

El sol subió de un salto para efectuar su carrera,
la brisa sopló nuevamente sobre los campos y las praderas;
pero me parece ver hacia el Oeste
como la apariencia de un rostro humano.

Un chorlito, entre las ramas del agracejo,
cantaba las glorias de la primavera,
haciendo resonar los bosquecillos floridos
con la alegría del día naciente.

Una alondra partió alocada de la tierra que yo pisaba
y desapareció de mi vista el gran velo azul, sin costura,
que se hallaba suspendido
ante la faz divina.

Sobre mi cabeza, el sauce decía quedamente
que la muerte no es sino una vida más nueva,
y que deshonramos a los muertos
con vanas palabras de discordia.

Arranqué una rama al árbol y unas flores al agracejo,
empapadas todas en rocío;
la até con una ramita de junco
e hice con ellas una guirnalda, bella de contemplar.

Llevé las flores allí donde Él reposa
(hojas y flores cálidas aún sobre la rosa).
¡Qué gozo experimenté sentándome allí, solo,
hasta que la noche cayó sobre mis ojos fatigados!

Hasta que las nubes movedizas tejieron
un vestido de oro que Dios calentará,
hasta que en las alas del aire purpúreo
desapareció la brillante galera del sol.

¿Tendré alegría para toda la jornada
y dejaré conmoverse a mi corazón, hasta sus profundidades,
con el murmullo del árbol, con el canto del pájaro
o con la melancolúa de los juegos del viento indócil?

¡No, no! Los vanos sueños de ese género
son propios de las almas menos profundas que la mía.
Siento que estoy semidivino,
sé que soy grande y fuerte.

Sé que gracias al esfuerzo
surge de su raíz el árbol de la selva:
sé que nadie recogerá frutos,
dándose a la vela sobre el mar infecundo.

 

III. Días perdidos

Un rubio y esbelto niño,
que no está hecho para el dolor de este mundo,
con una cabellera dorada
que cae a grandes oleadas en torno a sus orejas,
y unos ojos llenos de aspiraciones,
semivelados por varias lágrimas,
como las aguas más azules,
vistas a través de las brumas de la lluvia;
unas mejillas pálidas
donde no ha dejado aún su mancha ningún beso;
labio inferior rojo hundido hacia adentro
por miedo al Amor,
y la blanca garganta
más blanca que el pecho de una paloma.
¡Ay! ¡Si todo eso tan solo existiese en vano!

A su espalda, unos trigales
y unos segadores en fila
realizando con aire cansino
un fatigoso trabajo,
sin que ningún sonido de risa o laúd
ponga dulzura en él.

E indiferente al llamear escarlata del sol poniente
el niño sigue soñando.
No sabe que se acerca la noche
y que nadie recoge frutos
durante el transcurso de la noche.

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