Terapia vs. Poesía

La Pesadilla, de John Henry Fuseli

RICARDO, remedo de poeta que no encuentra interesante su nombre, pero tampoco ha encontrado seudónimo; que escribe a veces sonetos y revisa sus escritos con esmero pero a la vez cree posible imitar al gran Batania, a quien dedica estas líneas tan de su estilo, aunque carentes del élan vital (por no hablar del talento) que anima a tan rabioso (que de rabia suele ser la médula más sabrosa de la poesía) poeta (merecedor en alto grado de la orden del puerro y el garbanzo). Ricardo, el de la alergia petrificada y las botas de plástico y flores que alternan entre el miraquelindo más puro y el “eso ya lo dijo alguien”, presenta este sin precedente, inédito e inaudito tratado sobre las diferencias entre POESÍA Y TERAPIA, por si hay alguien en algún lugar del mapamundi que todavía no las haya percibido clara y distintamente.

Aclarando, por si algún lector no lograra acaso advertirlo, que por “terapia” se entiende un sistema de pensamiento y un hábito de enfrentar la realidad, y por poesía otro. No se refiere a alguna terapia en particular, sino al concepto mismo, ni, al hablar de poesía, al acto terapéutico de escribirla para “sacar lo que se lleva dentro” ya que eso sería contradictorio por pertenecer al sistema de pensamiento del cual precisamente intenta el remedo de poeta neorrabioso hacer escarnio.

 

DIFERENCIAS ENTRE TERAPIA Y POESÍA

1.- Vas a terapia para postergar indefinidamente el lapso de tu curación. Pero a la poesía acudes para que las piedras te golpeen y desangren, los rayos te alumbren y ensordezcan, y las hachas estridentes te corten de una buena vez la cabeza.

2.- La terapia es, de una forma u otra, simplemente una clasecita de modales. Te dicen qué hacer o te dejan simplemente que tú te lo digas solo. En la poesía ocurre más bien un estrepitoso exorcismo. Y al agitarse los demonios, tus modales cambiarán.

3.- El terapeuta es una persona linda e ingenua o fría y calculadora (dependiendo principalmente del tiempo que lleve dedicándose al oficio) que no puede hacer nada por ti. El poeta es un enfermo hechicero, cuya enfermedad se parece a la tuya y, de ese modo, quizá te cura. O al menos te hace compañía.

4.- El terapeuta cobra por tiempo. El poeta te alienta a amar más las flores, las estrellas o incluso la caca, que la prisa.

5.- La terapia te hace creer que tú no tienes la culpa. La poesía, por el contrario, te hostiga hasta derribarte, pero después te levanta. Te condena con vehemencia, pero después, si te portas bien y le rezas y le lloras de rodillas sobre la grava, y te avientas cilicio y ceniza y polvo en la cabeza, y te rasgas las vestiduras y te mesas la barba, y quemas tu colchón y te haces una cama de clavos, tal vez te perdona.

6.- La terapia está basada en dar vueltas y vueltas sobre un punto, sin tocarlo realmente nunca. La poesía consiste, antes que nada y en esencia, en no abandonar jamás dicho punto.

7.- La terapia logra –con gran talento, esmero y pericia, hay que decirlo- mediante montones de palabras lindas, no decir jamás nada trascendente. Esto no es tarea fácil, lo admitimos. Pero la poesía hace justo lo contrario: convierte en trascendente hasta la banalidad que tanto asusta a muchos, cuando la toca.

8.- Un buen terapeuta parece ser aquél que logra decir más lugares comunes en menos tiempo. Un buen poeta sabe que el día que diga uno solo, está irremediablemente perdido.

9.- La terapia es truco. La poesía, milagro. Ejemplo: La terapia te repite por años y años las mismas dos o tres ideas, sin que sus adeptos se den cuenta nunca. Eso es un muy buen truco. Pero la poesía es siempre una sola idea que sin embargo no se repite nunca. Y eso es un auténtico milagro.

10.- La incompatibilidad absoluta entre los dos mundos se nota en que si la poesía suena a terapia es mala, malísima, espeluznante. Y si la terapia suena a poesía el terapeuta no tardará mucho en acabar también viviendo en una vecindad pobre, usando siempre el mismo saco y bebiendo William Lawson´s para aliviar un poco las penurias de la pobreza.

11.- La terapia ama los conceptos vacíos como “crítica constructiva”, “superación personal”, “cultivar sueños”, “pensamiento positivo”, “la fuerza interior”, “soltar las ataduras”. El poeta sufre un colapso nervioso cada vez que oye este tipo de léxico, y comienza a echar espuma por la boca y decir palabras pesadas como piedras para reemplazar aquellos infames vocablos, como poseso: “guerra, náusea, asco, volar, no mames, el rayo sangriento de la luna, ¡herejes!, brillo que a consolar no alcanza, los muertos aún mendigan, quiero escarbar la tierra con los dientes / quiero apartar la tierra parte a parte / a dentelladas secas y calientes…”

12.- El terapeuta hace lo posible por no ofenderte. El poeta agarra con su propia mano tu pus y te la embarra en la cara.

13.- El poeta es un poseso delirante alienado desvariado excéntrico disparatado imprudente degenerado ridículo, que exorciza. El terapeuta, un hombre bueno, sano y normal que, simplemente, acaba por enfermarte el alma si duras lo suficiente acudiendo a las sesiones.

14.- La terapia es una habitación limpia y barrida, pero de mal gusto. La poesía es un gran antro de aquelarres, alaridos, telarañas, festines y borracheras, pero donde aprendes lo que es la elegancia en todo su esplendor.

15.- El mayor éxito de un terapeuta es tranquilizarte por ratitos. El mayor éxito del poeta es perturbarte, aunque sea un fragmento de segundo.

16.- La terapia cree que va a cambiarte si eres suficientemente persistente a lo largo de los años. Al poeta le da igual, es un egoísta que sólo escribió para distraer un rato sus penas o dejar constancia de sus entusiasmos (si no es que para obtener el favor del público o los favores de las chicas). Y sin embargo, en una de esas te cambia la vida en un segundo de “no puede ser”, y más intensa y profundamente que diez o doce años de terapia ininterrumpida.

17.- El poeta es un neurótico. El terapeuta está seguro de no serlo… Y algunas veces, para su mal, hasta puede que tenga razón.

18.- El terapeuta está impedido de criticar al poeta aun cuando, mediante textitos como el presente, el poeta atenta contra su buen nombre. El pobre terapeuta en este caso se ve limitado por sus propios principios de “no critiques, todos son buenos en el fondo, hay que celebrar a la gente con personalidad, decir la verdad es un valor positivo”. El poeta, en cambio, puede ser malo, tan malo como le plazca, un auténtico sinvergüenza desfachatado insolente tramposo tunante inmodesto, con tal de que que cada tanto diga alguna pequeña verdad.

19.- El terapeuta posee sentido práctico y tiene una función útil en el mundo. El poeta sólo juega con palabras.

20.- El mayor acercamiento del terapeuta con la poesía es cuando cita a favor de sus causas poemas falsos de Borges, Neruda y Benedetti, escritos por otros terapeutas vestidos de ovejas y con la finalidad de engañar y seducir a quien siente un gusanillo por lo “poético”, pero no puede por ningún medio distinguir la poesía verdadera de una imitación. En tanto que el mayor acercamiento del poeta con la terapia es cuando sus padres lo llevan a los ocho años porque “nos salió raro el niño o la niña”.

21.- La terapia es altamente eficaz para inducirte a creer que estás enfermo, y así poder usar sus técnicas de pensamiento positivo para convencerte de que no lo estás. En otras palabras, es el invento pernicioso que te hace creer que padeces lo que no padeces para después hacerte creer que te está curando de lo que ahora ya, merced a sus influjos siniestros, verdaderamente padeces (y de lo que no te está curando, claro). La poesía es lo mismo, pero sin las odiosas técnicas de pensamiento positivo.

22.- El terapeuta contribuye a que los ricos de este mundo estén más relajados y comprendan mejor el origen de sus males. El poeta no puede sino acaso dar un momento de euforia o de llanto a unos cuantos pobres y desheredados que lo siguen porque no tienen para pagar algo mejor.

 

Fuente: Facebook Ricardo Stern

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