Oaxaca 29 de octubre

Estudio para la violencia, de Alejandro Obregón, 1962

Cabellos sombríos se conglomeran
achicharrándose con un sol violento
marañas incendiadas
cubren una concentración de brazos
cuyas venas se revientan de furia.
Hay un cúmulo de palabras escapando
de bocas jóvenes, de bocas viejas.
Los labios se manchan de polvo
de rabias remojadas en el sudor
de ropas de humanos tirados en el suelo.
Un policía se mira en los ojos
de un muchacho tan niño
cuando se defiende con juguetes de su infancia
mientras otros policías azuzan sus mascotas:
buldozers, cancerberos furiosos
que se comen este lugar de las nubes.
Los toletes, escudos, rifles, pistolas
no son flores, no son piedras, no son resorteras
son tal vez gases que provocan
el más largo de los llantos.
Mirar duele, arde y las lágrimas
se consumen en una tierra pisoteada
y llegan quizá a un subterráneo de huesos
humedecidos un día por otros llantos.
La sangre se confunde
con el crepúsculo de ese 29 de octubre
los pañuelos blancos se enrojecen
porque en realidad no tienen paz.
En ese cielo de Oaxaca
hay pirámides de hombres
que lanzan chorros de agua
que no logra limpiar la inconformidad.
¿Qué clase de religión es la que
difunde el clérigo cuando en su homilía
apoya el enfrentamiento entre los hombres?
Ese padre, sacerdote, arzobispo
se olvida del no matarás y se esconde
en los brazos heridos de Dios
en la sangre pura de las vírgenes
y en la apestosa sotana que lo cubre.
Hay más sangre y se queda en grafitis
en manos, en fotografías, en vidrios,
en asfalto, en la memoria.
Un profesor, una profesora
un estudiante, un ciudadano
no andan por las calles manoseando el poder.
Caminan sintiendo los pellizcos
de los muchos dedos que se retuercen
en Bucareli, en San Lázaro, en Xicotencatl.
Alguien aprovecha el tumulto y se extravía
se esconde entre las rocas milenarias
en archivos nunca abiertos, en listas
ilegibles, en correos inconclusos,
en retratos retocados, en documentos
con nombres confusos: Vicente, Luis, Ulises,
Felipe, policía, prófugo, quizá Ruiz.

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