Noticias extrañas de una nueva estrella

Ilustración del libro "Relatos" (Berichten). EDIMUSA, México, 1980

Una espantosa calamidad había ocurrido en una de las provincias meridionales de la magnífica estrella. Un terremoto, grandes lluvias e inundaciones habían devastado tres grandes pueblos, destruido sus jardines, sembradíos, bosques y campos. Infinidad de personas y de animales muertos y sobre todo –y esto era lo más penoso—no había flores suficientes para honrar a los muertos y armar convenientemente sus tumbas.

El resto se atendió enseguida. Apenas pasaron los momentos más terribles salieron los voceros del gran llamamiento a la caridad o recorrer las regiones de alrededor; en todos los campanarios de las provincias los chantres recitaron el sobrecogedor versículo conocido desde siempre como Saludo a la diosa de la piedad que conmueve todos los corazones. De todos los pueblos llegaron en seguida grupos de gente caritativa. Los que habían quedado en el desamparo fueron abrumados en seguida por las invitaciones de parientes y amigos y hasta de desconocidos que les ofrecían sus propios hogares para que se instalaran. Abrigos y víveres, caballos, herramientas y materiales y miles de cosas más trajeron de todas partes. Y mientras una parte de esa gente piadosa sacaba a los ancianos. limpiaban y vendaban heridas y rescataban muertos de entre los escombros. los otros limpiaban el lugar, apuntalaban las casas y preparaban febrilmente la reconstrucción de los pueblos. Y aunque la atmósfera de horror y de abatimiento y el silencio fúnebre subsistían, lo mismo en los rostros se percibía cierta alegría interior, un gozo por lo que hacían y la gratitud que emanaba de todos los corazones, aunque al principio un poco acallada. Primero se oyeron algunas voces serenas, después una suave canción colectiva y en esta canción, es lógico, se destacaban dos versículos: Bienaventurado el que lleva socorro a los que la indigencia ha golpeado. ¿Sus corazones no se embeben con ese beneficio como los jardines resecos con la primera lluvia y contestan con la flor del agradecimiento? Y este otro: “La alegría de Dios surge del trabajo en común.”

Pero justo en ese momento se sufría el terrible problema de la falta de flores. Los primeros muertos que se rescataron fueron adornados con lo que se pudo salvar de los destrozados jardines. Después hubo que recoger todas las flores posibles de los lugares más cercanos. Pero el desastre era que justo los tres pueblos que habían sufrido la desgracia eran los que tenían las mejores y más hermosas flores de aquella estación. Allí iba todo el mundo para admirar la cantidad de narcisos y flores de azafrán de un colorido sin igual. Y de todo aquello ahora sólo quedaba la destrucción. Y la gente asombrada no sabía cómo cumplir con la tradición que exige honrar con flores de la estación a todos los muertos y hacer un entierro más solemne y pomposo cuanto más desdichada y miserable hubiera sido su muerte.

El más anciano de la zona que llegó para auxiliar en seguida fue agobiado por preguntas, ruegos, súplicas. Casi perdió la calma. Pero logró mantenerse sereno, brillante la mirada, la voz amable y solícita, y por encima de su barba sus labios no dejaron de sonreír, como debía hacerlo, un anciano consejero como él.

–Amigos — les dijo– los dioses han querido probarnos con una tragedia. Todo lo perdido lo reconstruiremos para nuestros hermanos. Agradezco a Dios haberme permitido ver a mi edad cómo todos han abandonado lo suyo para acudir en socorro del hermano. Pero dónde conseguir las flores que deberían adornar a nuestros muertos en su transmutación. Porque mientras estemos con vida no debemos permitir que se los entierre sin las flores que merecen. Creo que así deben opinar todos.

– Sí –dijeron todos a la vez—esa es nuestra manera de pensar.

– Ya sé –prosiguió el anciano—y voy a decir qué debemos hacer. Todos los muertos que no podamos enterrar hoy deben ser trasladados al templo del Estío en la cima de la montaña todavía nevada. Allí se mantendrán sin alterarse hasta que consigan las flores para ellos. Dada la época del año el único que puede ofrecernos las flores suficientes es el rey. Debemos enviar un mensajero que le pida ese favor al rey.

—Bueno —dijo el consejero sonriendo entre sus barbas blancas— ¿A quién le encomendaremos esa diligencia? Tiene que ser alguien fuerte y joven porque tiene un largo camino. Nosotros le proporcionaremos el caballo. Debe tener una presencia agradable y ardor en la mirada, para que el rey acceda a su pedido. No necesitará muchas palabras pero sí que sus ojos sepan hablar. Si pudiéramos mandar al niño más hermoso de toda la región sería ideal. Pero ¿cómo haría semejante viaje? Ayúdenme diciendo si alguno quiere cumplir esta misión, o si sabe de alguien, le pido que lo diga.

El anciano miró a la gente, pero nadie se adelantó ni habló. Tres veces repitió su llamado. Y entonces de la multitud salió un adolescente, casi un niño, de dieciséis años. Lo saludó pero bajando la vista y ruborizándose. En seguida supo el consejero que ése era el mensajero que necesitaban. Pero sólo sonrió y dijo:

—Está bien que quieras ser el mensajero, pero ,¿por qué te has ofrecido? El joven levantó la vista y contestó:

—Como nadie quiere, déjame ir a mí.

Alguien gritó:

— Envíalo, lo conocemos. Vivía en este pueblo y su jardín, que era el más hermoso de todos, quedó destrozado.

El viejo lo miró con afecto y le preguntó:

—¿Tanto te ha dolido lo de tu jardín?

El joven en un susurro, dijo:

—Me dolió mucho pero no me ofrecí para ir por eso. Tenía un potro hermoso y un amigo que ha muerto en la tragedia. Están en la entrada de mi casa. Debo enterrarlos con flores.

El anciano le dio su bendición, pidió el mejor caballo y el joven lo montó enseguida, le palmeó el pescuezo, dijo adiós con un gesto y empezó a cruzar la húmeda y soleada pradera.

Cabalgó un día entero. Para llegar a la alejada capital y presentarse ante el rey tomó el camino que cruzaba la montaña y cuando empezó a caer la noche llevó a su caballo de las riendas por un ríspido atajo hacia arriba, cruzando bosques y rocas.

Un inmenso pájaro negro, que no conoía, volaba delante de él. El joven lo siguió hasta un templo que estaba abierto, en el tejado del cual el ave detuvo su vuelo. El joven soltó el caballo y entró, cruzó por entre la columnata de madera y estuvo dentro del santuario. Como altar sólo había una roca, una piedra negra que nunca había visto y la imagen de una divinidad que ignoraba: un corazón devorado por un pájaro salvaje. Veneró a la deidad ofreciéndole una campanilla azul que había recogido en el camino y se acostó porque quería descansar y dormir.

Aunque todas las noches de su vida había podido dormir, esta vez el sueño no llegaba. La flor que había despositado en la piedra, o la misma piedra o no sabía qué despedía un aroma penetrante y doloroso. El dios siniestro que acababa de descubrir esplendía y el pájaro detenido en el tejado sacudía sus inmensas alas, cada tanto, semejando un temporal desatado.

Por eso a medianoche el joven se levantó, salió y miró al pájaro. Este también lo miró mientras sacudía sus alas.

—¿No puedes dormir? —le preguntó el pájaro.

—No sé, debe ser por mi dolor.

—¿Qué tragedia te ha ocurrido?

—Han muerto mi amigo y mi caballo predilecto

—¡No es demasiado! —respondió el pájaro casi burlonamente.

—No, claro, ¡no es para tanto! ¿No? Gran Pájaro. La muerte es sólo una despedida. Pero no es sólo eso lo que me apena. No tenemos ni una sola flor para enterrarlos.

—Hay desgracias más grandes que esa —dijo el pájaro y batió sus alas muy enojado.

—No es así pájaro, estoy seguro de que no hay nada más terrible. El que es sepultado sin flores no puede renacer como lo desea. Y quien a sus muertos no los honra con la fiesta de las flores es perseguido por las sombras. ¿No ves que yo no duermo porque mis muertos no tienen flores?
El pájaro graznó.

—Jovencito ignoras todo sobre el dolor si ése es el único que has conocido. ¿Nunca te hablaron de los grandes horrores, del odio, el crimen, los celos?
Al muchacho esas palabras le parecieron un delirio. Pensó y contestó con toda humildad:

—Ahora recuerdo, pájaro. Algo de eso hablan las viejas leyendas, pero a lo mejor es sólo imaginación o ha ocurrido hace muchísimo tiempo en un lugar distante. Antes de que existiera las flores y los dioses. ¡Nadie lo recuerda!

El pájaro dejó oír una risa áspera y sorda. Luego pegó un salto y le dijo al mensajero:

—Quieres ver al rey y debo guiarte.

—Ah, ya conoces mi propósito —se alegró el joven— guíame si lo deseas.

El ave bajó al suelo en silencio, abrió las alas y le dijo al adolescente que dejara el caballo y se subiera sobre ella. El joven se sentó a horcajadas.
—¡Mantén los ojos cerrados! —le ordenó el pájaro.

Lo obedeció y subieron hacia las nubes amenazadoras. La gran ave volaba silenciosa e imperceptible como una lechuza, el joven sólo oía las ráfagas de aire frío. Volaron a través de toda la noche. Al alba bajaron y el pájaro le ordenó:

—¡Mira!

El joven vio que estaban en el límite del bosque y se veía la extensión de la pradera que empezaba a brillar con el sol.

—Volverás a encontrarme en el linde del bosque —dijo el pájaro.

Y ligero como una flecha desapareció en el cielo.

Cuando el joven salió del bosque y empezó a cruzar la llanura todo lo resultaba desconocido. No sabía si soñaba o si era realidad porque todo había cambiado tanto que lo asombraba. El campo y los árboles se parecían a los de su país y el sol jugueteaba entre las flores. Pero no se veía un solo hombre ni un solo animal, ni vivienda y parecía que esa región había conocido un terremoto como el que asolara al pueblo del joven. Porque aquí y allá se veían escombros, árboles tronchados, cercos rotos y herramientas de labranza abandonadas. Y de pronto vio frente a él en ese soleado campo un cadáver sin enterrar en pavoroso estado de putrefacción. Y al mirar por primera vez ese espectáculo el mensajero sintió que lo invadían el espanto y la náusea. La cara deI muerto aparecía destruida a medias por la podredumbre y comida por los pájaros. Buscó hojas y flores y cubrió el cadáver.

Por toda la llanura se percibía un olor asfixiante y asqueroso, viscoso. Vio otro cadáver presa de los cuervos que lo cubrían. Caballos decapitados, restos humanos o de animales. Todo tirado bajo el sol y nadie pensaba en enterrarlos y menos en honrarlos con flores. El joven pensó que un terrible cataclismo había terminado con todo rastro de vida en ese territorio. No podía cubrir con flores la cara de tantos muertos. Desesperado, tratando de no mirar, siguió caminando. Todo olía a carroña y sangre podrida, de miles de ruinas y de todo ese inmenso cementerio avanzaban oleadas de desgracia y soledad. Pensó que tenía una pesadilla y sintió que esto podía ser una señal divina porque sus muertos todavía yacían insepultos y sin flores. Recordó las palabras del pájaro en la noche anterior y creyó que volvía a decirle en medio de la oscuridad: “Hay tantas cosas peores… “

Y descubrió que el pájaro lo había llevado a otra estrella y que todo lo que veía era verdadero. Recordó el horror de ciertos cuentos infantiles de lejanos tiempos. Volvía a sentir lo mismo: primero miedo y después un gran alivio porque todo eso había pasado hacía mucho. Y aquí todo se repetía como en un cuento terrorífico: horrores, muertos y pájaros carniceros, todo parecía actuar sin concierto ni ley. O extrañas leyes que siempre permitían que sucediera lo más horrible, lo sin sentido, lo monstruoso en lugar de lo bello y sereno.

Y en eso vio avanzar a una persona: un campesino o un sirviente. Corrió a su encuentro llamándolo pero al verlo se sintió invadido por la piedad porque el campesino era de una fealdad terrible y no era, en absoluto, hijo del sol. Parecía sólo pensar en él mismo, estar acostumbrado a convivir con la falacia y la fealdad o tal vez el horror. En ese rostro no se veían ni rastros de belleza o tranquilidad, de fe o esperanza. El desgraciado parecía carecer totalmente de cualquier mínima virtud.

El mensajero se animó y se acercó al desconocido muy cortésmente, como si viera en él un ser abatido por la desdicha. Lo saludó y le habló con mucha amabilidad. El aldeano se quedó duro y lo miró con gran extrañeza, con ojos turbios y confusos. Su voz sonaba áspera y desagradable como el balbuceo de un tonto; pero no podía resistir la paz y la suavidad que se veían en los ojos del muchacho. Y después de mirarlo un rato, algo que quería ser una sonrisa se esbozó en su tosca cara. O tal vez era una risa de desprecio pero lo mismo tenía cierta suavidad, como deben ser las sonrisas de los que acaban de renacer y vienen del lugar más misérrimo del universo.

—¿Qué deseas? —le preguntó el desagradable individuo.

Según la costumbre de su patria el joven contestó:

—Te agradezco hermano y te suplico me digas si puedo hacerte algún favor.

El tosco personaje siguió callado y sonrió asombrado, entonces el adolescente le dijo:

—¿Puedes decirme qué significa todo este horror que nos rodea? —y con un gesto mostró el panorama.

El aldeano se esforzaba por comprender y la segunda vez que preguntó el joven le contestó:

—¿No sabes? Es la guerra y aquí, en este campo, lucharon —señaló unas ruinas al decir— allí vivía yo.

El joven se sintió invadido por la piedad, lo miró a los ojos pero el campesino no sostuvo la mirada.

—¿No hay rey? —volvió a preguntar el mensajero y al ver el asentimiento del lugareño siguió— ¿Y dónde está?

El aldeano le señaló un lugar muy lejano donde apenas se podía divisar la silueta de un campamento.

El joven se despidió poniéndole la mano en la frente. El aldeano se tocó la frente mientras movía la cabeza apesadumbrado y se quedó inmóvil mucho tiempo mientras miraba cómo se alejaba el adolescente.

El forastero corría y saltaba sobre los cuadros macabros que se veían entre las ruinas. Llegó por fin a las tiendas reales. Había infinidad de hombres armados que no se fijaron en él que siguió avanzando a través del campamento hasta que encontró la mejor tienda, la más bella y supo que era la del rey. Entró.
Adentro encontró al rey recostado. Todo el ambiente era sencillo. Su capa se extendía a su lado y al fondo había un criado medio dormido. El rey estaba absolutamente ensimismado. Tenía una cara bella y melancólica, un mechón de cabellos canosos le cubría la frente quemada por el sol. La espada estaba en el suelo frente a él. El mensajero lo saludó en silencio con el mismo respeto con el que habría saludado a su rey. Se quedó con los brazos cruzados sobre el pecho hasta que el soberano se fijó en él.

—¿Quién eres? —le preguntó con mucha sequedad frunciendo las cejas pero no pudo apartar sus ojos de la cara tan pura del joven.

Éste lo miraba con tanta entrega y fe que el soberano suavizó su tono.

—Tal vez te he visto…—dijo pensándolo— o me recuerdas a alguien que trataba en mi infancia.

—Soy extranjero —contestó el joven.

—Lo habré soñado —murmuró el rey— o tal vez me haces pensar en mi madre.

El mensajero dijo:

—Me trajo un pájaro. En mi pueblo hubo un terremoto y no tenemos ni una flor para poder enterrar a nuestros muertos.

—¿Flores?

—Sí, ni una. Y no conocemos nada peor que sepultar un cadáver sin honrarlo con flores, pues debe emprender el camino de su transmutación entre alegría y honra.
Y mientras decía esto volvió a ver la infinidad de muertos abandonados en el campo que acababa de cruzar y no habló más. El rey suspiró acongojado.

—Iba a pedirle flores a nuestro rey —siguió explicando el enviado— pero en el templo de la cima de la montaña el ave gigantesca me ofreció llevarme y cruzando los cielos me trajo a este país. Venerado rey, allí adoraban a un dios que desconozco, en el techo estaba el pájaro y en la piedra del altar había un símbolo extrañísimo: ¡un corazón devorado por un ave carnicera! A medianoche hablé con el pájaro negro que estaba en el techo… y recién ahora sé qué decían sus palabras, porque me dijo que el sufrimiento y el horror del mundo eran superiores a lo que yo imaginaba. Es verdad, para llegar aquí crucé un campo de espanto y sólo vi dolor y tragedia que ni en nuestros cuentos de terror existen. Y ahora estoy ante ti, ¡oh soberano! y quiero preguntarte si puedo hacerte algún servicio.

El rey quiso sonreír y no lo logró, tanto dolor y pena había en su bello rostro.

—Gracias —le contestó— ya nada puedes hacer. Me has hecho pensar en mi madre y te lo agradezco.

El joven se sentía muy dolorido al ver que el rey no podía sonreírse.

—Eres tan triste… —le dijo— ¿Tal vez por la guerra?

—Sí —le contestó el rey.

El mensajero al ver la profunda tristeza de ese hombre que le parecía tener buenos sentimientos, olvidándose de las reglas de cortesía, le preguntó:

—Pero entonces, ¿por qué pelean? ¿Quién es el culpable? ¿Tú?

El rey miró al joven, fijamente, durante mucho tiempo, parecía disgustado por el atrevimiento de esa pregunta. Pero no podía sostener demasiado una mirada severa hacia los ojos traslúcidos del forastero.

—Casi eres un niño —le dijo—, y no sabrías comprenderlo. Nadie es el culpable de una guerra. Aparece sola como la catástrofe o el temporal y los que tenemos que luchar sólo somos víctimas.

—¿Para ustedes morirse es tan fácil? Nosotros en verdad, le tememos mucho a la muerte. Algunos la reciben con resignación y algunos con cierta paz, pero nunca nadie se animaría a matar a un semejante. En esta estrella debe ser de otra manera.

El rey sacudió la cabeza.

—No es extraño que nos matemos entre nosotros —le contestó—. Pero se lo considera un gran crimen. Sólo se puede matar durante la guerra, porque en ella no existen ni el odio ni los celos o el beneficio propio sino que todos cumplen con lo que su sociedad les pide. Pero te equivocas al pensar que no le tememos a la muerte. Si miras esos cadáveres que cruzaste lo entenderás. Mueren con angustia, con mucha angustia y contra su voluntad.

Y a través de sus palabras el joven descubría el dolor que parecía abatir a los hombres de esa estrella. Quería hacer más preguntas pero se daba cuenta de que nunca comprendería todas esas cosas terribles y amenazadoras y no sentía muchos deseos de entenderlas. O eran seres inferiores que no habían descubierto a los dioses y estaban dominados por los demonios o esa estrella estaba condenada por algún pecado. Y pensó que afligiría al monarca si le seguía preguntando y que al contestarle volvería a sentir el dolor y la humillación de sus palabras. Aquellos hombres que temían la muerte pero se mataban entre sí, aquellos hombres con semblantes tan toscos y tan tristes, como ese mismo rey le daban pena pero le parecían casi ridículos. Sólo que esa tontería y esa estupidez que tenían daban mucho dolor y avergonzaban.

Pero lo mismo quería preguntar una cosa. Como ellos estaban más atrasados que los demás, habitantes de una estrella lejana y convulsionada, con una vida que se deslizaba entre angustias hasta llegar al campo de guerra en el que quedaban abandonados sus muertos y aunque comieran de todo como las bestias ya que de algo de eso hablaba una oscura leyenda de tiempos horribles, de todas maneras debían tener el estremecimiento del futuro, una imagen de los dioses, un esbozo de alma. Si no todo ese universo sin asomo de hermosura era sólo un error incongruente.

—Perdona rey —dijo el mensajero con voz de alabanza—, perdona mi atrevimiento al volver a interrogarte sobre esta asombrosa estrella.

—Pregunta —dijo el rey a quien el joven parecía impresionar especialmente porque sospechaba en él un espíritu fino, produndo e infinitamente lúcido aunque a la vez le parecía un niño al que había que tratar con miramientos sin darle demasiada importancia.

—Me has entristecido, extraño soberano —dijo entonces el joven—. Vengo de otras regiones y veo que el gran pájaro negro tenía razón: los horrores que he visto superan infinitamente todo lo que hubiera podido pensar. En esta estrella la vida parece haber sido creada por la desgracia y no sé si están gobernados por los dioses o por los demonios. Rey, en mi país se cuenta una leyenda que hasta ahora me había parecido imaginación y nada decía que también existía la guerra, el crimen y la tristeza. palabras aterradoras ignoradas por nuestro idioma desde siempre sólo aparecen cada tanto en antiquísimos libros de narraciones. Un poco nos aterran pero en realidad nos parecen un poco tontas. Pero hoy he aprendido para siempre que esas palabras son el reflejo de una realidad, la realidad que se vive en tu país. Veo cómo es sufrir todo lo que sólo había oído nombrar en lejanos cuentos de horror. ¿Pero en el fondo del alma no piensan lejanamente que esto que hacen no está bien? ¿No aspiran a ser regidos por dioses alegres y esplendorosos, líderes felices y acogedores? ¿Nunca sueñan con otra vida, mejor, en la que nadie ni sospecha hacer lo que no desea su pueblo, donde reina paz y justicia, donde los hombres se respetan y se perdonan? ¿Nunca pensaron en el universo como un todo que querido y honrado sería bálsamo y portador de felicidad? ¿No oyeron hablar de lo que nosotros llamamos música, religión, salvación?

El rey escuchaba con la cabeza inclinada. Pero se irguió. Tenía el rostro transformado, un esbozo de sonrisa iluminaba sus pupilas pese a que estaban un poco veladas por una nube de llanto.

—Amable joven —le contestó—, no sé si estoy ante un niño, un anciano o algún dios: sólo puedo decirte que nada de lo que dices nos es extraño y nuestra alma lo conoce. Sospechamos algo de la felicidad y de la libertad y de los dioses benévolos. Conocemos una leyenda según la cual un sabio adivinó la unidad del universo como una armonía del espacio sideral. ¿Te agrada? Tal vez seas un enviado del más allá pero aunque realmente fueras un dios no tendrías ni fuerza en el alma, ni fuerza o poderío que nosotros ya no conociéramos aunque fuera en vago reflejo, lejana sombra.

Y de pronto se irguió deslumbrando al mensajero porque su rostro, aunque fue por un segundo se iluminó con la luz de una sonrisa sin sombras como un reflejo auroral.

—Y ahora, ¡fuera! —exclamó—. ¡Fuera y déjanos con nuestra guerra y nuestra muerte! Has enternecido mi corazón, me has recordado a mi madre, ya sabes de mi cariño. ¡Vete, vete, agraciado joven! Pensaré en tí cuando vea correr ríos de sangre y las ciudades sean una llamarada. Sabré entonces que el mundo es una unidad y que nada, ni la locura que tenemos ni la brutalidad que manejamos puede apartarnos. ¡Vete, adiós! Lleva mis saludos a tu estrella y también a ese extraño dios representado por un corazón consumido por un ave. Conozco demasiado ese corazón y ese pájaro. Y recuerda, dulce hermano de lejanas latitudes: ¡si alguna vez me recuerdas, si alguna vez piensas en este amigo tuyo desdichado rey de la guerra no lo veas así, hundido en una cama invadido por la desesperación, sino que recuérdalo sonriendo con los ojos arrasados por las lágrimas y las manos ensangrentadas!

No llamó a su criado sino que él mismo levantó la lona de la tienda para que saliera el joven. Este volvió a cruzar la llanura pero dominado por otros pensamientos. A lo lejos vio una ciudad envuelta en llamas. Se alejó caminando sobre los cadáveres de hombres que no conocía y sobre la carroña de los caballos. Llegó al límite del bosque cuando había caído la noche.

Desde las nubes vio bajar el pájaro inmenso que lo envolvió en sus alas. Emprendieron el regreso en medio de la noche, volando sin el menor ruido, con gran suavidad como las lechuzas.

Cuando despertó estaba otra vez en el santuario de la montaña, y su caballo lo esperaba saludando el amanecer con sus relinchos. Pero no recordaba nada ni del ave negra ni de su viaje a ese país de horror, sólo sentía una opresión, una leve oscuridad en el alma, una pequeña espina oculta como cuando compartimos una desgracia y sentía un deseo no cumplido, como los deseos soñados que nos persiguen hasta que logramos descifrarlos. Hasta que nos damos cuenta de que queremos decirle a quien amamos cuánto queremos ver su alegría.

Volvió a cabalgar un día entero y entonces sí llegó a la capital y a su rey. Se comprobó que era el mensajero apropiado porque el rey lo recibió con sus mejores deseos, le tocó la frente y le dijo:

—Tus ojos han interrogado a mi corazón y mi corazón les ha respondido sí. Te concedo todo lo que me pidas.

Y le entregaron un salvoconducto del rey que indicaba a todos los habitantes del país que debían darle sus flores, y escoltarlo. Y cruzando montañas a los pocos días volvió a encontrarse en el camino de su provincia. Y cuando entró en su pueblo lo seguían carros, inmensidad de canastas, caballos y todo tipo de cabalgadura tapados de flores. Todas las flores de los jardines e invernaderos del norte donde abundanque no sólo bastaban para honrar sus muertos sino para plantar en memoria de cada uno una flor. un árbol y un frutal y cumplir así con lo demandado por la tradición. Apenas hizo la ceremonia de las flores para su amigo y su caballo muerto cedió en él el profundo dolor dando lugar ya al suave recuerdo. En sus sepulturas cumplió con lo pedido por la costumbre y tuvieron sus brotes plantados.

Su deber cumplido y serenado su corazón volvió con fuerza el recuerdo de su viaje nocturno y pidió que lo dejaran solo durante un día. Un día y una noche meditó debajo del árbol de los pensamientos: todo lo visto volvió a él sin ningún olvido. Y entonces fue a ver al anciano, pidió hablarle y le contó lo ocurrido.
El consejero lo escuchó, meditó y le preguntó:

—¿Lo viste o lo soñaste?

—No sé —contestó el joven—, tal vez lo soñé. Pero me parece que no tiene importancia que haya sido una cosa o la otra porque en mí ha caído la tristeza y en medio de la tibieza de la vida me invade un frío interno que viene de eso que vi. Anciano, por eso te pregunto qué tengo que hacer.

—Vuelve —le contestó el venerable— al santuario de la montaña. Extraño símbolo el de ese dios que nunca oí nombrar. Podría ser la deidad de otra estrella. O es tan antiguo que viene de nuestros más remotos antepasados que todavía sufrían el odio, la guerra y la muerte. Vuelve a ese templete y ofrenda flores, miel y canciones.

El joven lo oyó y le agradeció su sabiduría. Llevó miel refinada, la misma que se ofrece a los huéspedes importantes al comienzo del verano en la primera fiesta y también su laúd. Volvió a cruzar por el lugar donde había cortado la flor azul y subió por la escarpada cuesta en dirección al bosque. Pero ni el lugar del templo ni la columnata y menos el tejado con el ave negra podían verse por algún lado. Los buscó dos días. Nadie había oído hablar de ese santuario.

Volvió a su provincia y en el santuario del Recuerdo amoroso hizo las ofrendas de miel y canciones para los muertos de aquel campo de batalla y para el rey de ese país en guerra. Con el corazón sereno volvió a su hogar y colgó en él la imagen de la unidad cósmica. Durmió con sueño profundo todo el cansancio de su camino y al día siguiente con sus vecinos, cantando como ellos, empezó a reconstruir jardines y sembrados y a borrar las huellas del terremoto.

(Traucción de Domingo Arteaga P.)

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