La cuna vacía

No ha muerto, no, no ha muerto. Ni siquiera se ha ido.
Siempre está con nosotros, aunque no haga ruido,
ni sus ojos enormes nos sonrían como antes.
¡Siempre está con nosotros!
No hay horas, no hay instantes
que algo, en la casa muda, no nos recuerde el día
en que, al verle en su cuna, creímos que dormía.

Dormía, sí, en efecto, los ojos entornados
e inmóviles, los labios secos y amoratados.
¡Era su sombra sólo! su sombra taciturna
que noble mano amiga depositó en la urna,
Su cuerpo, no su espíritu, no su ser ideal:
el vaso miserable, no el efluvio inmortal.

Porque él vive en nosotros. Preside nuestras charlas.
Coge nuestras ardientes manos para besarlas.
Entre ella y yo, vacía, su sillita le espera,
y cada tarde un rayo de sol, cual si quisiera
borrar con su tibieza la pena del hogar
ocupa tembloroso su sitio familiar.

Está presente en todo.
Nada hablamos ni hacemos
sin recordarlo, nada… Los silencios supremos
de las meditaciones, las frases indecisas
de un diálogo, al hojeo de un libro, las sonrisas
y los suspiros, todo le pertenece. Es dueño
de nuestro afán, de nuestra quietud, de nuestro sueño.

¡Lleno está siempre el nido de su presencia! El pomo
conserva siempre el alma de su perfume… Como
si siempre nos citáramos para hablar de lo mismo,
recordamos sus gestos, su gracia, su egoísmo,
su infantil inconciencia. Y ahondando nuestra herida,
nos parece que en torno se ensanchara la vida.

Nos sentimos más buenos. Nos hiere en lo profundo
como tristeza propia la tristeza del mundo.
Es él, su dulce imagen la que el hogar invade.
Y esa dulzura íntima, romántica saudade,
que el corazón nos llena de amor y de indulgencia,
¡ángel! te la debemos a tí i a tu presencia.

A tu presencia que habla sin hablar, que nos guía,
que envuelve nuestras almas, en esa poesía
melancólica y tierna como un rayo de luna.
No estás, y estás en todo. La oquedad de tu cuna
guarda intacto el relieve de tu cuerpo bendito…
¡Si hay veces que saltamos creyendo oír tu grito!

¡Qué grotesca es la muerte, comedianta sombría
ante el amor que triunfa! Todo el terror que un día
estrangulara nuestro corazón, ya ha pasado.
El hijo que perdimos ya no está a nuestro lado:
¡está en nosotros mismos! Su alegría inocente
pasa por nuestras almas cantando eternamente,
¡Bendito tú, que vives de nuestro amor! Benditas
tus risas gorjeadas, tus blancas manecitas.
Cuando ella duerme, es sólo
contigo con quién sueña.
¡Tú eres quien hace gestos en su boca risueña!
Y yo, mientras escribo, loco de tu cariño,
me digo: «¡Chit! ¡Recuerda que está durmiendo el niño!»

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