Evolución del neoliberalismo a dieciséis años de la Vertiginosa Inmovilidad de Horst Kurnitzky

Hace dieciséis años hizo su aparición en el círculo editorial mexicano el libro “Vertiginosa Inmovilidad”, del escritor e investigador alemán Horst Kurnitzky, donde se analizaba la decadencia e involución de la humanidad a partir de un mal encauzado desarrollo tecnológico y los cambios globales en la vida social desde la época moderna hasta las postrimerías del siglo XX. Muy pronto, los intelectuales apologistas del neoliberalismo lanzaron severas críticas al autor por su “infundado” pesimismo. Seguramente, como en aquel entonces, habrá quien siga pensando que nos encontramos en la “mejor etapa de la historia humana”.

Negación de la realidad

cabezatierraEn este espacio bien podríamos adoptar la actitud triunfalista que promueven ciertas corrientes motivacionales en la actualidad –cuyo inminente surgimiento Kurnitzky ya denunciaba en su libro– consistentes en “generar cada uno su propia realidad” ignorando o negando cualquier manifestación que en los hechos se contraponga a los objetivos trazados. Podríamos concederles la razón si tales objetivos fueran más evolucionados y trascendentes que meramente satisfacer el inmediato utilitarismo. Empero, nuestro sentido común nos lleva a preguntarnos si en verdad lo que le pasa al otro “no es real”, si ese otro no es real por sí mismo, si la acumulación de riqueza en unas cuantas manos –el mayor caso de éxito resultante de la “aplicación de esas técnicas”– no tiene correlación con el empobrecimiento de millones, que resultan ser la mayoría en este mundo. ¿De verdad los culpables de todas las calamidades que suceden día a día en el planeta, aunque muchos no quieran enterarse, son las propias víctimas por “no pensar positivamente”?

Horst Kurnitzky bosquejaba la respuesta en el mencionado libro, señalando que la implantación de esa falsa premisa es otro de los síntomas de la descomposición de valores que ha traído el neoliberalismo con sus manuales de superación personal, sus eminentes cursos light de “autoayuda”, terapias express contra el stress e infinidad de paparruchas pseudo-psicológicas, sumadas a toda una infraestructura de bombardeo cerebral masivo para programar al individuo a aislarse de sus semejantes, olvidar cualquier obligación de cultivar la virtud y encontrar su realización exclusivamente en lo material.

Hoy en día, las nuevas escuelas neoliberales del “pensamiento activo” buscan implantar y llevar el individualismo hasta sus últimas consecuencias: “lo que pasa a tu alrededor es una proyección de tus pensamientos”, “genera tu propia realidad”, “piensa positivo para ti mismo y, por añadidura, todo lo demás se resolverá“. La trampa mortal que suplanta, fragmenta y distorsiona conocimiento genuino de doctrinas olvidadas y lo disfraza de solución definitiva, llevará al individuo a concentrarse exclusivamente en lo que el sistema le presente como objeto de deseo, a disociarse por completo de lo que sucede en su entorno, a ignorar la injusticia, los abusos y el acaparamiento del poder por parte de los mismos que, desde las cúpulas, determinan qué deben hacer, sentir y pensar los esclavos para perpetuar el statu quo. Sin embargo, el escritor alemán no señala a los jerarcas neoliberales como los responsables de esta decadencia de valores: “No es que los voceros del neoliberalismo hubieran lanzado una fórmula a cuyo son baila el mundo; también el neoliberalismo, al igual que la violencia, es síntoma de una sociedad en crisis”(1). Es la propia sociedad, en efecto, la que se degrada voluntariamente, pues ella pone a funcionar y al mismo tiempo se somete a los instrumentos de dominación.

De la violencia primitiva a la, mucho peor, violencia neoliberal

La Pobreza, autor desconocido

La violencia en sus diversas formas ha estado siempre presente en la historia de la humanidad. Las relaciones interpersonales, de los sexos, entre comunidades locales y extranjeras, en general las relaciones entre sociedades, han sido determinadas con relación a la violencia, pues el mundo civilizado como lo conocemos, se debe a la domesticación de la misma, según explica Kurnitzky. Esa violencia que, en el mundo animal será necesaria para garantizar la supervivencia de las especies –entre ellas la humana– a más de 190 mil años de la aparición del homo sapiens, ha sido erradicada del mundo globalizado y evolucionado, dirán los ideólogos neoliberales, y solamente los inadaptados y resentidos sociales serán causantes de conflictos que el puño de hierro del sistema castigará “con todo el peso de la ley” –ejércitos de policias antimotines, escudos, toletes, tanquetas de agua y toda clase de armas “no letales”, así como cárceles bien construidas por la iniciativa privada.

Sí. La violencia animal ha sido erradicada… porque ha sido sustituida por otro tipo de violencia nunca antes vista en la historia humana: la violencia neoliberal, mucho más brutal e ignominiosa que la primera; la violencia producto del desequilibrio económico, la ambición, la explotación, el neoesclavismo, el ecocidio, la descomposición del tejido social y el caos socio-cultural.

Las grandes olas de violencia neoliberal desatadas entre los seres humanos, van ahora desde “la guerra contra el eje del mal” y “la guerra contra el narco”, hasta la violencia cotidiana de las grandes ciudades, la violencia intrafamiliar y la que más atrae la atención de tabloides, radio y televisión: la violencia entre los jóvenes que, embrutecidos con la “oferta cultural” del mundo globalizado y evolucionado, asesinan a sus maestros, compañeros de escuela o hermanos, terminando con su propia vida en la mayoría de los casos.

Por su parte, la economía libre de controles o regulaciones exacerba la competencia y ganancia por cualquier medio, sea legal o no, teniendo como consecuencia la consolidación del crimen organizado, que además de ser todopoderoso económicamente, se ha hecho del control de las instituciones oficiales. A su vez, las bandas delincuenciales y pandillas callejeras se multiplican profusamente por influencia del narcotráfico establecido como régimen de facto y la disolución de las relaciones sociales sanas. Esta violencia, que sale de la sociedad y de los individuos volcándose sobre ellos mismos, sólo puede conducir, como de hecho está ocurriendo, a la autodestrucción social.

Así, el neoliberalismo propulsor de la libre competencia y la economía desregulada, redunda en la confrontación de la sociedad consigo misma, la desaparición del Estado de Derecho, la democracia y la regresión del mundo a una especie de selva metalizada donde la lucha se ha distorsionado y va más allá de la mera supervivencia: a los potentados del neoliberalismo no les basta con superar financieramente a sus competidores. El “crecimiento económico” no cesa, no conoce límites, debe realizarse a toda costa y por los medios que sea. “Crecer o morir” es la única ley que rige al libre mercado y es la manifestación de la violencia predilecta del neoliberalismo: la económica, con su consecuencia viviente en más de mil millones de pobres (cifra “oficial” de 2012).

Aislamiento y aniquilación del pensamiento crítico

Uso abusivo del celular. Foto: Google

Para Kurnitzky, el pensamiento crítico, la conformación de criterios, convicciones y argumentos interiores con relación al entorno o mundo exterior, es decir, la estructura del mundo interno que da identidad al individuo, sólo puede moldearse y solidificarse a través de la experiencia sinestésica, esto es, la experimentación del mundo externo a través de los sentidos. Dicha experiencia constante ejercita la memoria, misma que es un componente fundamental en el proceso formativo de nuestro mundo interno.

Uno de los grandes instrumentos del neoliberalismo para liquidar el libre pensamiento y anquilosarse en el inconsciente colectivo, son los medios de incomunicación sustentados en el desarrollo tecnológico que, por principio, impiden la experiencia sinestésica, anulan la capacidad crítica, implantan esquemas preconfigurados de pensamiento y finalmente imposibilitan la consolidación del mundo interno en quienes se exponen a ellos por tiempos prolongados. Es el método perfecto para esclavizar sin cadenas ni látigos: hacerle creer al esclavo que es libre y que los criterios le ha implantado el sistema para normar su vida, son suyos.

La contemplación pasiva de imágenes de video, por ejemplo, retrasa el proceso sinestésico ya mencionado, con la consecuente desaparición de la memoria. El flujo rápido y constante de imágenes planas percibido a través de la vista, retrasa el desarrollo de los demás sentidos deteriorando el proceso sensorial en general. Las relaciones personales también se ven afectadas, provocando en el individuo el aislamiento y la búsqueda de satisfacción de sus necesidades de interacción social en el mismo medio que provoca los síntomas.

El desarrollo de las telecomunicaciones, así como el impulso vertiginoso de la red internacional (Internet), por sí mismos representan un gran avance tecnológico, cultural y hasta social, pero desgraciadamente la inercia del mundo neoliberal con su permanente ambición de poder, ha trocado tales instrumentos en sus contrarios. Cuando la televisión debería servir como medio para informar objetivamente a la sociedad, fomentar la educación, la conciencia crítica y la cultura, en los hechos es instrumento de programación mental, desinformación y comercio de ideas embriagantes, en las que el individuo carente de un sólido criterio, se embebe seducido por la sensación de ser transportado a través de las imágenes y los rápidos eventos proyectados en el monitor.

El caso especial de la Internet, pese a constituir hoy en día un importantísimo acervo de información, tiene también su buena dosis de componentes destructivos del pensamiento, y por tanto es una peligrosa arma de doble filo. Como ha dicho Noam Chomsky, la red no constituye un peligro solamente para quien sabe qué buscar y en dónde, de lo contrario, el internauta se perderá en una confusión virtual con riesgo de caer víctima de los mismos efectos que produce la televisión.

Adenda: El monstruo transgénico

Maíz: patente pendiente. Foto: Google

Maíz: Patente Pendiente. Autor desconocido

Uno de los engendros más recientes del neoliberalismo, que escapó en su momento al análisis de Kurnitzky por hallarse en etapa de difusión incipiente, es la manipulación de material genético que en nuestros días ya tiene su aplicación comercial en los alimentos llamados transgénicos, provenientes de organismos genéticamente modificados.

Los argumentos para justificar la aplicación de esa tecnología, recetados largamente al “público consumidor” por parte de las grandes corporaciones que controlan y financian la investigación científica (Monsanto, Syngenta, DuPont, etc.), van desde la supuesta mejora en el rendimiento de los cultivos (para que los nutrientes resistan cambios climáticos, plagas e incluso el paso del tiempo), hasta la capacidad de crear vacunas comestibles directamente desde los alimentos.

Entre las técnicas conocidas –la mayor parte de la investigación es secreta– para obtener esos “maravillosos resultados”, está la inserción de ADN de virus, bacterias y fragmentos genéticos de animales (cerdos, ratas, etc.), bombardeando el núcleo de la célula con partículas de oro y otros metales que son portadoras del material genético a implantar. De esta manera, se transfieren las características deseadas de los otros organismos a la célula receptora, que originalmente no poseía.

En el mundo neoliberal NADA ES GRATIS. El uso de esa tecnología tiene las siguientes implicaciones y consecuencias:

  1. Las empresas que la desarrollan son dueñas exclusivas de la investigación científica y han patentado los productos de la misma. No son avances altruistas de la ciencia al servicio de la humanidad. Son desarrollos financiados por corporaciones interesadas únicamente en incrementar sus capitales y los alcances de su poder, al penetrar y controlar cada vez más aspectos de la vida humana
  2. La inocuidad y los efectos nocivos del consumo de transgénicos no han sido investigados a cabalidad, principalmente porque las corporaciones involucradas obstaculizan dichas investigaciones corrompiendo a las “autoridades competentes” y acosando criminalmente a sus opositores. A la fecha, miles de organizaciones siguen demandando a estas empresas para que respeten, por lo menos, nuestro derecho a saber qué estamos comiendo
  3. La rápida y masiva distribución de esos productos mediante convenios multimillonarios con grandes cadenas de supermercados (Walmart y otras), está llevando a la quiebra de miles de campesinos y agricultores alrededor del mundo que no participan en los programas de siembra de transgénicos, impulsados a su vez por los “gobiernos” títeres de las corporaciones
  4. Por ende, cada vez más agricultores se ven obligados a adoptar los programas de siembra de transgénicos, volviéndose dependientes de la corporación que les provee las semillas y quedando legalmente impedidos a conservarlas o reutilizarlas fuera de los lineamientos que la corporación les imponga (ver documental Food, Inc. para confirmar éste y los puntos anteriores)
  5. Las corporaciones invierten anualmente cantidades millonarias investigando a los agricultores que no participan en sus programas, y si detectan contaminación en cultivos no transgénicos con material genético de la corporación (situación accidental e inevitable debida a la polinización cruzada por insectos o el mismo viento que traslada el material desde cultivos vecinos), los agricultores involucrados son demandados, despojados de sus tierras y hasta encarcelados por “robo de patente”
  6. Por añadidura, a medida que más productos se incorporan masivamente a esta tecnología, el grupo de corporaciones que detenta el desarrollo de transgénicos terminará siendo dueño absoluto de la agricultura y la industria agroalimentaria. Ningún ciudadano tendrá permitido (al menos legalmente) sembrar ningún tipo de planta, raíz o fruto comestible
  7. En ese sentido, algo de lo que más preocupa a las organizaciones civiles opositoras al desarrollo de transgénicos, es –además del monopolio corporativo sobre los alimentos– el control absoluto en la más completa opacidad que están adquiriendo las empresas sobre el material biológico que, por la necesidad básica de alimentación, los ciudadanos introducen en sus cuerpos
  8. Las patentes de material biológico estaban prohibidas hasta la década de los noventa por sus implicaciones éticas. George Bush Sr. cambió la legislación en EE.UU. para que las empresas desarrolladoras de transgénicos pudieran registrarse como dueñas exclusivas de sus hallazgos. Dado que la investigación se extiende a la experimentación con células animales y humanas, dicho cambio legislativo abre la puerta a que se permita el registro de patentes del genoma humano y animal
  9. En el escenario más escabroso, pero perfectamente posible en un futuro no muy lejano, tener mascotas o animales de granja será un derecho que deberá pagarse a las corporaciones propietarias de la patente. Análogamente, tener un hijo también será un derecho no natural sino comercial, a través de aquellas corporaciones que tengan la patente del genoma humano

 

Esperanza

La vigencia de los aspectos discutidos en “Vertiginosa Inmovilidad” es perturbadora a casi veinte años de su publicación y particularmente preocupante, ante su evolución en los tópicos sobre los que aquí hemos abundado y que consideramos más significativos por su visibilidad.

El neoliberalismo, consolidado por un pequeño pero muy poderoso grupo de corporaciones e institucionalizado oficialmente en el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la propia Organización de las Naciones Unidas con su farsa (cada vez menos) pacifista, sus amplias ramificaciones e influencia global, ha logrado anquilosarse como la base económica, política y social del planeta. La propagación de sus efectos nocivos, igual que la metástasis de un cáncer, han degenerado en el encapsulamiento de los individuos concentrados en las banalidades del consumismo, carentes de capacidad crítica y disociados de la realidad; en un tipo de violencia intrinseca al sistema nunca antes vista, que adopta distintas formas, todas brutales, según el nicho donde se origine, pero que confluyen siempre en el canibalismo social; finalmente, en la monstruosa industria de los alimentos transgénicos, que como todo apunta, derivará en la comercialización del derecho natural a la reproducción humana. En el punto más alto de la “evolución y esplendor” del neoliberalismo, el derecho a la vida también será un producto controlado y comercializado por unas cuantas corporaciones.

Recurrir a la palabra “esperanza” luego del panorama que acabamos de presentar, puede parecer ingenuo y hasta ridículo. Sin embargo, consideramos que la esperanza de un mejor destino, más evolucionado y digno de la especie humana, existe de hecho, por sobre los lugares comunes discursivos de líderes políticos o religiosos en su rol dentro del sistema como administradores y válvulas de escape al descontento social.

Nuestra esperanza de liberación radica en un hecho concreto e indisputable: son las mayorías quienes, bajo engaño pero voluntariamente, sostienen y hacen funcionar el montaje al que están esclavizadas. Si han sido capaces de encumbrar y mantener por décadas a una minoría, a través de un sistema tan complejo y lesivo a su propia naturaleza humana, entonces también son perfectamente capaces de dejar de hacerlo y aspirar a mejores formas de vida.

Scylla and Charybdis, autor desconocido

Scylla and Charybdis, autor desconocido

En el último capítulo de “Vertiginosa Inmovilidad”, Kurnitzky comparaba La Odisea de Homero con la situación de la humanidad al concluir el siglo XX. En La Odisea, Ulises debió emprender el regreso a su patria a través de una serie de aventuras, peligros y desafíos, entre ellos, la seducción de la Sirena o las dos bestias voraces del estrecho de Messina, Escila y Caribdis. Al atravesar el estrecho, Ulises combatió a los monstruos que lo custodiaban, perdiendo en el esfuerzo a seis miembros de su tripulación.

Es el mismo destino de la humanidad, según Kurnitzky. Los Escila y Caribdis del siglo XXI son el neoliberalismo y la violencia, dos caras de una misma moneda: ambos son producto de un proceso decadente que destruye a la sociedad o impide su desarrollo desde sus fundamentos.

“Entendidos los viajes de Ulises como una alegoría del proceso de la civilización, nos encontramos otra vez en el estrecho de Messina, enfrentados a los monstruos Escila y Caribdis, hoy en día llamados neoliberalismo y violencia. Éstos últimos no son menos amenazantes para la sociedad humana que aquellos primeros. Igualmente están a punto de tragarse a la sociedad en su débil barco llamado civilización”(2).

Dieciséis años después del planteamiento de Horst Kurnitzky, el barco de la humanidad sigue atascado en ese ominoso estrecho y hemos perdido a millones de tripulantes, unos seducidos por las falsas promesas del consumismo, como el canto de la Sirena en La Odisea que ofrecía la tierra prometida; unos más, consumidos por la vertiginosa inmediatez del neoliberalismo que desvía la atención hacia lo insustancial; y otros tantos devorados sin misericordia por la violencia.

En La Odisea, Ulises logró salir victorioso gracias a su claro convencimiento de que lo importante era que la nave alcanzara el puerto. Los Ulises del siglo XXI son aquellos seres humanos que han comenzado a darse cuenta del engaño, a dilucidar las mentiras y falsas ilusiones de poder y grandeza detrás del montaje del neoliberalismo. Todos ellos tienen la misión de difundir activamente el conocimiento que están adquiriendo, para ayudar a despojar de la venda en los ojos a quienes están luchando por despertar. En esta nueva odisea, nuestro poderoso escudo es el verdadero despertar de conciencia y el liderazgo ya no recae en un solo hombre. Será la suma multitudinaria de voluntades, convicciones y esfuerzos la que potenciará nuestra fuerza como especie humana para superar de forma inteligente a los monstruos del neoliberalismo y la violencia, y llevar la nave de la civilización a buen puerto.

Esa es nuestra esperanza y el reto de quienes han entendido el mensaje.

– Memoria Poética

Referencias:
1. Kurnitzky, Horst. Vertiginosa Inmovilidad. Blanco y Negro Editores. México, 1998, p. 138
2. Ibid p. 154

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