El monje

Fragmento primero

I

Noche. No turba la quietud profunda
con que el claustro magnifico reposa
más que el rumor del aura moribunda
que en los cipreses lóbregos solloza.

Mustia la frente, la cabeza baja,
negro fantasma que la fiebre crea,
cadáver medio envuelto en su mortaja,
un monje por el claustro se pasea.

De cuando en cuando de sus ojos brota
un súbito relámpago sombrío:
el trágico fulgor del alma rota
que gime y se retuerce en el vacío.

No lo acompaña en su mortal desmayo
más que la luna que las sombras ama,
que una lágrima azul en cada rayo
sobre las frentes pálidas derrama

II

Es joven. Es su edad del alegro,
la del himno, el ensueño y el efluvio,
en que es terso azabache el bucle negro,
en que es oro bruñido el bucle rubio.

Sin conocer placeres ni pesares,
se alejó del hogar siendo muy niño,
y fue a poner al pie de los altares
un corazón más puro que el armiño.

Algún recuerdo de la infancia acaso
rompe tenaz su místico sosiego
y desata en su espíritu a su paso
huracánidas ráfagas de fuego.

Acaso las borrascas de la tierra
traspasan las barreras de su asilo
y van con ronco estrépito de guerra
a desgarrar su corazón tranquilo…

III

Un día vio en el templo, de rodillas,
desde un triclinio del solemne coro,
una virgen de pálidas mejillas,
de pupilas de cielo y trenzas de oro.

Y su gallarda imagen tentadora
lo persiguió con incesante empeño;
turbó su dulce paz hora tras hora,
en el recreo, la oración y el sueño.

Cuántas veces, orando en el santuario,
no veía flotar en su ansia viva,
envuelta en la espiral del incensario,
su fantástica sombra fugitiva.

¡Cuántas veces, con hondo devarío,
allá en las noches de nostalgia loca
no despertaba, trémulo del frío,
buscando el beso ardiente de su boca!.

IV

De súbito interrumpe su paseo
y lívido y extático se queda,
y mira con extraño devaneo
la blanca luna que lo lejos rueda.

Y en la cúpula azul de pompa fídíca
del templo secular de estilo mágico,
ensaya el ritmo de su voz fatídica
el ave de Satán, el cuervo trágico.

Y los cipreses lóbregos se quejan,
y al vaivén de sus copas que se alcanzan,
sus siluetas se acercan y se alejan
como espectros fantásticos que danzan.

Y tras los horizontes de Occidente
la luna meláncolica se escombra.
¡Y allá en su corazón el monje siente
crecer la soledad, crecer la sombra!…

Fragmento segundo

I

¿Por qué, por qué, sin fe para el combate,
el alma alada que a la cumbre vuela,
olvida que es espíritu y se abate
cuando la frágil carne se rebela?

¿Por qué ludibrio de borrasca loca
la conciencia vacila y gime y calla
cuando el brutal instinto la provoca
a sostener con él recia batalla?

¿Qué hondo misterio es el que el hombre encierra,
que el cuerpo vence al alma en el gran duelo,
siendo el cuerpo una sombra de la tierra,
siendo el alma un relámpago del cielo?

II

Ante el sol inmortal que se levanta
y tiñe el éter de ópalo y de rosa,
el himno eterno de la vida canta
con magnifico ritmo cada cosa.

Mas, ¡ay!, el monje, en su nostalgia muda.
oye sólo zumbar el ala incierta
con que el lóbrego cierzo de la duda
bate las ruinas de su fe ya muerta.

Envuelta en el fantástico sudario
de su austera y flotante saya mística,
se arrodilla temblando en el santuario,
delante de la lámpara eucarística.

Es insondable, es infinito el velo
de la fúnebre noche que le ofusca.
Es un fantasma, es un sarcasmo el cielo;
huye más lejos cuanto más le busca.

III

Después de orar al borde del abismo,
siempre sin esperanza, siempre en vano,
y de sentir la nada de sí mismo,
le abre su corazón a un monje anciano.

Lleno de santa unción y amor profundo,
el viejo monje largo tiempo le habla
de que busque en el piélago del mundo
sólo en la cruz su salvadora tabla.

-¡Ay -le dice- del ama que blasfema
y que se olvida de su excelso tango,
y que arrastra su fúlgida diadema
y sus cándidas alas por el fango.

El alma que a sí misma se abandona
y que, entre el mal y el bien, el mal prefiere,
rompe el lazo que al cielo la eslabona:
¡vive para Satán, para Dios muere!

IV

Y él le oye. Y en su celda solitaria,
armado de un férula sangrienta,
al compás de una lúgubre plegaria,
verdugo de sí mismo, se atormenta.

En su místico anhelo de vencerse.
lleno de santa cólera se azóta,
y de dolor su carne se retuerce
y roja sangre de su carne brota.

Es inútil su bárbaro martirio.
La fiebre estalla en su cerebro luego.
Y a través de las sombras del delirio,
él ve flotar una visión de fuego.

Es la visión de la mujer que adora,
que con su carne pone su alma en guerra,
¡que lo acosa tenaz hora tras hora,
que lo hace al cielo preferir la tierra!

Fragmento tercero

I

Tiende la noche sus flotantes tules
y se envían los astros desde lejos,
a través de los ámbitos azules,
dulces besos de amor en sus reflejos.

Y hunde el monje en el éter infinito
los tristes ojos con afán profundo;
acaso escruta lo que Dios ha escrito
allá en el corazón de cada mundo.

Y bajo el nimbo de su luz risueña,
la blanca luna en cada rayo exclama:
“¡Soy una virgen pálida que sueña,
soy una virgen que se arroba y ama!”

Y ensaya el aura tibia sin sosiego,
en las trémulas copas de los álamos,
ritmos lejanos de ósculos de fuego,
de bocas que se encienden en los tálamos.

II

Hace instantes, no más, con qué inocencia
la rubia virgen pálida que adora
le abrió ante el tribunal de la conciencia
por la primera vez su alma de aurora.

Hondas huellas de horror en él dejaron
los recios golpes de la lid sin nombre
que en su lóbrego espíritu trabaron
el ministro del cielo con el hombre.

Cada revelación que ella le hacía
era un tremendo vendaval deshecho
que sin piedad crispaba y retorcía
las recónditas fibras de su pecho.

III

-Padre -le dijo-, perdonad mi queja
Siempre que caigo ante el altar de hinojos,
mi pensamiento del altar se aleja
y se llenan de lágrimas mis ojos.

Al mismo altar, con una audaz porfía
que hace los sentidos se me arroben,
sigue mis pasos, tras la sombra mía
la sombra melancólica de un joven.

Busco la soledad, y en ella vago,
y de amor cada cosa me habla de ella:
me habla de amor la música del lago;
me habla de amor el ritmo de la estrella.

Dadme, pues, padre mío, algún consuelo.
Es ya inútil luchar. Estoy vencida.
¿No es verdad que el amor brota del cielo?
¿No es verdad que sin él no hay sol, no hay vida?

IV

Y él exclamó: -No es éste un gran problema:
Dios manda que ame cuanto ser existe,
Y su mandato es una ley suprema
a cuyo imperio ningún ser resiste.

Pero el amor su fin tan sólo alcanza
cuando con la conciencia se concilia;
cuando es su aspiración y su esperanza
fundar el santo hogar de la familia.

Mas el amor que ofende a la conciencia,
dando pábulo a instintos que la oprimen,
¡deja de ser sagrado, y es demencia,
deja de ser sagrado, y es un crimen!

V

Y el monje suspendió súbitamente
su evangélica plática sencilla,
y una lágrima trémula y ardiente
resbaló sin rumor por su mejilla.

La virgen núbil, por su rostro mudo,
desde el humilde sitio de su alfombra
ver rodar esa lágrima no pudo
porque esa lágrima rodó en la sombra.

Fragmento cuarto

I

Tarde estival. El cielo sé dilata
por el gigante piélago sonoro,
como una inmensa túnica de plata
cuajada de soberbias flores de oro.

Habla todo de Dios: la limpia onda
con su albo nimbo por la playa tiende,
la casta estrella que en la bruma blonda
del pálido crepúsculo se enciende.

II

Cubierto el monje con su tosca saya,
murmurando en silencio: “Dios lo exige’,
hacia una agreste aldea, por la playa,
bajo el sol que ya muere, se dirige.

El allá en sus salvajes horizontes
olvidará tal vez sus agrias penas:
respirará la brisa de los montes,
recobrará la sangre de sus venas.

III

Sirve la humilde aldea un cura anciano
que cumple su misión con santo anhelo,
que en cada feligrés ve un tierno hermano
que Dios le ordena conducir al cielo.

Mas ya no puede soportar la carga
de su labor de apóstol y profeta
El peso de la edad ya lo aletarga.
Ya toca el linde de su vida inquieta.

IV

Le dice el monje: -Serás tú el baluarte
de la grey que Dios puso a mi cuidado;
tú empuñarás el místico estandarte
que yo abandono, porque estoy cansado.

Y el monje le oye y le obedece y calla,
Y con fervor a la labor se entrega.
Y mayor goce en la labor él halla
mientras mayor abnegación despliega.

V

Allá, cuando a lo lejos ya declina
el blanco sol entre celajes rojos,
el monje hacia la playa se encamina,
trémulo el paso y húmedos los ojos.

Sus olas a sus pies el mar prosterna
con ritmo a un tiempo unísono y diverso,
y le habla sin cesar del alma eterna
que difunde la vida al universo.

Del alma que es efluvio en la laguna
y en la undivaga brisa rítmo eólico,
y en la serena, temblorosa luna,
lágrima azul del cielo melancólico.

Del alma que es visión que canta y vaga
allá en la nube trémula y bermeja
y que en la mustia estrella que se apaga
es recuerdo que llora y que se aleja.

Fragmento quinto y último

I

En la capilla de la aldea tosca,
denso gentío de entusiasmo lleno
Se agita como un piélago que enrosca
a la luz del relámpago su seño.

Ante el altar, el monje se dibuja,
lívido el rostro la mirada triste,
extraño el gran tumulto que se empuja,
extraño a todo cuanto en torno existe.

II

Avanzan al altar, con pie seguro
y reflejando en la pupila el cielo,
un apuesto doncel de traje obscuro
y una niña gentil blanco velo.

El monje los contempla un corto instante
con el hondo y supremo paroxismo
de quien se ve de súbito delante
de la inmensa pendiénte de un abismo.

En la diáfana tez de nieve y rosa,
y los bucles aurinos y sedeños,
y el talle de palmera de la esposa,
él descubre a la virgen de sus sueños.

En su fatal, desgarradora cuita,
en vano, en vano en su interior batalla
con el volcán de su pasión que grita,
con el volcán de su pasión que estalla.

III

Se absorbe. Se transporta, y a lo lejos,
desde el místico altar al lecho cálido,
ve marchar bajo un nimbo de reflejos
una novia gentil y un novio pálido.

Y oye entre raudos y variados giros
de misteriosas y argentinas brisas,
aleteos de besos y suspiros
músicas de arrillos y de risas.

Y ve jugar, bajo la luz eterna,
al umbral de un hogar lleno de efluvios,:
sobre el regazo de una madre tierna,
un enjambre auroral de ángeles rubios.

IV

Y tiende a otro horizonte la mirada,
y allá en el pálido confín divisa
una lóbrega celda abandonada
donde una triste lámpara agoniza.

Forman su techo que jamás se alegra
ásperas tablas de nudosos troncos
siempre cubiertos por 1a noche negra
siempre azotada por los cierzos roncos.

Y a la luz de la lámpara que oscila
ve arrodillarse un monje ante el vacío
Le ve enjugarse a solas la pupila,
y en su abandono tiritar de frío.

V

Y domina su bárbaro tormento
y la hiel de sus lágrimas devora.
Y a un hombre que no es él, con dulce acento,
desposa él mismo a la mujer que adora.

Y al soplo del dolor con que está en guerra,
siente su sangre transformarse en hielo,
huir veloz bajo sus pies la tierra:
-sobre su frente derrumbarse el cielo.

Y entonces, ¡ay!, a su pupila asoma
la noche allá en su espíritu escondida.
¡Y al pie del ara santa se desploma,
rígido el cuerpo, la razón perdida!

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